Bienvenidos.

Sonrisas que iluminan mundos sin saberlo.

Soy incapaz de imaginar el amor sin ti.


Euforia en los dedos, que teclean nerviosos borrando una de cada cinco letras porque, ay, ojalá pudiera pararme a pensar lo que voy a poner aquí. Sin embargo, escribir es, a veces, un desahogo, una bocanada de aire, una vorágine de pensamientos. Una pincelada de sensaciones y sentimientos que intentan aclarar (sin conseguirlo la mayor parte del tiempo) qué es lo que me altera. Y, aun así, respiro hondo. Una, dos, tres veces. Vamos, sé que puedo, solo he de escribir un poco más despacio. Así, despacio, poco a poco. No hay prisa. La presión en el pecho y el burbujeo en los labios, que luchan por no moverse, por no deshacerse hacia abajo y perderse en la desidia de la tristeza. Firmes, firmes, tienen que continuar así. 

Te echo de menos. Sé (intuyo, intento saber-intento-) que no es un momento fácil para ti. Que es duro, que quizás prefieres estar solo, que mejor si no me entrometo, que la paciencia es una virtud. Paciencia, esa de la que, sin duda, yo carezco. Me rompes. Poco a poco, desequilibras todo lo que soy hasta que ya no sé reconocerme  y me pregunto por qué no tengo miedo a que una persona ejerza tal poder sobre mí. Pero es que sí, a veces tengo miedo. Mucho. Un terror horroroso, un pavor paralizante. Miedo a que me olvides, a que me alejes, a que poco a poco caigamos en la rutina del “hola, hola, ¿qué tal? Bien y tú, bien”. No quiero eso, no para nosotros, no para lo poco que tenemos, lo poco que aun no está destruido.

Y sin embargo, se desvanece. El reloj se ha roto y la arena se escapa entre mis dedos sin que yo pueda hacer nada. El tiempo se lo lleva todo, poco a poco. Se lleva los momentos, hasta que quedan relegados al trastero de los recuerdos, hasta que ya no significan nada más que un pasado fácil de dejar atrás. No quiero eso. Pero sucede. Aquí, delante de mis narices, todos los días. Y tengo miedo, y no tengo las narices de hacer nada para intentar evitarlo y, vaya, tuvo que resquebrajarse hace mucho, tuvo que fallar, tiene que haber algo mal para que tenga miedo de insistir, de querer seguir a tu lado, de hablarte. Hablarte. Me da miedo hablarte, ¿lo puedes creer? Yo no quiero, pero las pruebas están ahí, punzadas dolorosas y constantes, presentes en todo momento, tan palpables como las heridas que aún sangran.

Es la indecisión. Lo mucho que cuesta un “hola”. ¿Por qué? No me molesta saludar siempre yo, pero me jode. No voy a mentir: jode mucho. ¿Ya no te importo? Si es así, me gustaría que me lo dijeras. Pero, quizás, te importo tan poco que no quieres, que no sientes necesidad ni  de decírmelo. Hace daño. Tu ausencia, tu indiferencia. Tú me haces daño con tu actitud, con tu poca preocupación, con tu falta de amistad. 

Solo quiero que vuelvas. Hablar como antes. Hablar, de nuevo. Solo quiero que vuelvas y ser tu amiga. Solo quiero que me dejes estar a tu lado, que me dejes intentar tener un huequecito en tu corazón. No quiero tener que decirte adiós, no quiero que te quedes atrás. Pero ya estás atrás. O quizás, la que se ha quedado rezagada soy yo y hay un nuevo sendero que me aleja de ti, que me hace adentrarme en un nuevo bosque que me obligue a dejar de mirar tu espalda, a dejar de ser, siquiera, un recuerdo que a veces se atreve a decir "hola".

No hay comentarios:

Publicar un comentario